Capítulos de la Saga de Los Confines PARA LOS CHICOS DE 4° DE UE SUPERBA ORENOQUE

GRUPO DE ALEX DE SOUSA
Los dos hombres partieron de Paso de los
Remolinos con rumbo a Beleram, la ciudad
donde Cucub vivía. Y donde la Casa de las
Estrellas, elevada en su monte de piedra,
congregaba a la Magia. Tales eran los puntos
de partida y de llegada. Pero el camino a
seguir era incierto. Los viajeros deberían
inventarlo cada vez que el agua anegara los
senderos habituales, los árboles caídos les
bloquearan el paso, o las zonas pantanosas
les exigieran pronunciados desvíos.
A eso se añadía la necesidad de buscar
refugio para pasar la noche. Dulkancellin
conocía muy bien los amparos que el bosque
procuraba a los cazadores y a los extraviados.
Y que más allá de sus voluntades, marcaron
el ritmo de las primeras jornadas. Hoy, el
refugio aparecía demasiado pronto, cuando
aún había fuerzas para continuar avanzando.
Mañana, tal vez, el refugio les quedaría lejos;
y la jornada se alargaría hasta forzar el límite
de la resistencia.
El día que emprendieron el camino
hablaron de cosas sin importancia. Ninguno
quería mencionar las. causas de aquel viaje,
ni vaticinar los resultados. El guerrero se
mostró interesado por conocer cómo era la
vida en la Comarca Aislada. Cucub
respondió gustoso a todas sus preguntas, alzando
la voz para hacerse oír sobre el ruido
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de la lluvia en el bosque. Y cuando
Dulkancellin dejaba de preguntar, el zitzahay
cantaba.
Al otro día, Dulkancellin no habló más que
para decir lo imprescindible. Y la canción del
zitzahay sonó cansada.
A partir del día tercero, se fueron llenando
de irritación. Los pies entumecidos bajo el
cuero embarrado de las botas, la ropa siempre
húmeda y el olor pegajoso de sus cuerpos los
puso de un humor intolerante. Y, seguros de
que cualquier comentario sería mal
interpretado, ambos prefirieron no decir
palabra. Mucho tiempo después, Cucub
recordó aquella caminata como un larguísimo
silencio bajo la lluvia.
La misma cueva en la que Shampalwe
había cortado sus últimas flores, les sirvió de
amparo. Allí, y a ruego insistente del
zitzahay, hicieron el primer alto en su viaje
para comer. Los alimentos que cargaban no
eran demasiado abundantes, aunque sí eran
apropiados para ayudar a resistir los rigores
del clima y el trabajoso andar. Bien racionados,
serían la base de su sustento mientras
la lluvia les dificultara, cuando no les
impidiera, la cacería.
Cucub separó dos porciones de higos
secos, y ofreció su parte a Dulkancellin. El
guerrero rechazó el alimento sin siquiera
mirarlo.
—No puedes dejar de comer —dijo Cucub
—. Hazlo, aunque no tengas hambre.
—Luego lo haré —respondió Dulkancellin
—. ¡Y no trates de imitarme! Come lo tuyo
hasta chuparte lo que quede en tus dedos. Te
hace más falta que a mí.
Cucub, nada propenso a imitar conductas
que le ocasionaran incomodidades, se instaló
cueva adentro a disfrutar de su comida. Como
era el primer día de camino, y por entonces
todavía cantaba, se lo pasó tarareando entre
bocado y bocado.
Sentado en la boca de la cueva,
Dulkancellin miraba llover sobre el Lago de
las Mariposas. Sabía que, muy pronto, el lago
crecería hasta el pie de los grandes montí-
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culos rocosos que lo cercaban por el oeste.
Mientras que por el este se extendería en un
peligroso lodazal.
El guerrero no tenía el don de la
imaginación. No sabía ensoñarse en lejanías;
y mucho menos, en invenciones. Pero ese
mediodía oscuro, tan cerca de donde
Shampalwe había cortado sus últimas flores,
el guerrero vio a su esposa con más nitidez
que al paisaje que lo rodeaba. Las laderas que
caían al lago se cubrieron de las hierbas
frescas del verano. De aquel verano en que
nació Wilkilén y su madre llegó hasta allí, en
cumplimiento del rito de la maternidad.
Dulkancellin veía a Shampalwe danzando a
orillas del lago, tal como lo ordenaba la
ceremonia. La veía girar hacia un lado y
luego hacia el otro: una mano en la cintura,
una mano ahuecada a la altura de las sienes.
"Una vueltita con pasos de perdiz", solía
repetirle a Kuy-Kuyen para enseñarle el baile
de las mujeres husihuilkes. Shampalwe
saludó al guerrero con la sonrisa grande que
le transformaba los ojos en una línea negra.
Desde la cueva, su esposo devolvió el saludo
con la mano en alto. Afortunadamente Cucub,
entretenido en saborear los últimos higos, no
estaba prestándole atención. De haberlo visto
saludar a la intemperie vacía, hubiese
pensado que el guerrero había contraído
alguna fiebre.
—¡Cucub! —llamó el guerrero, de nuevo
en su día de lluvia—. Sigamos andando. Ésta
es zona de cuevas. Nos costará poco hallar,
más adelante, cualquier otra donde podamos
dormir.
A pesar del preciso conocimiento que
Dulkancellin tenía del bosque, no podía dejar
de prestar atención a sus pasos. Varias veces
tuvo que detenerse a pensar cuál sería la ruta
apropiada, o menos riesgosa. En esas
ocasiones Cucub lo miraba como un niño a su
padre. Y cuando el husihuilke volvía a
caminar, el zitzahay lo seguía sin una sola
duda.
Caminaron y caminaron. Numerosas
jornadas transcurrieron en las que el viento,
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ni por un momento, dejó de sacudir el
bosque. Muy alto, sobre sus cabezas, los
árboles se curvaban con crujidos
amenazadores. Y con frecuencia cumplían
sus amenazas, despeñando enormes ramas
que caían mucho más cerca de lo que Cucub
hubiese deseado.
De tanto en tanto, entremezclados con el
sonido de la tormenta, se escuchaban los
tambores de los Brujos de la Tierra. Los
hombres detenían su marcha y orientaban el
oído, tratando de precisarles la ubicación.
—Parece que anunciaran nuestro paso —
decía Cucub en esas ocasiones.
Pero sin importar de dónde venían, ni qué
estaban diciendo, su retumbe era para los
hombres una buena compañía. El husihuilke
y el zitzahay se reconfortaban pensando que
Kupuka no debía andar lejos. Y continuaban
el viaje con el ánimo fortalecido.
Una noche, justo cuando acababan de
cenar una liebre que Dulkancellin había
logrado cazar, sucedió algo inesperado. No
habían encontrado mejor cobijo que un tronco
vacío, y en él se preparaban para
descansar. Cucub, acurrucado en el fondo del
agujero, ya casi dormía. Dulkancellin trataba
de acomodar su cuerpo en un lugar que, para
su tamaño, era demasiado mezquino. En ese
trance, el guerrero vio algo que lo hizo saltar
del escondrijo sin protegerse de la lluvia. El
movimiento brusco despabiló al zitzahay.
—¿Qué sucede? —preguntó, asomando su
cabeza greñuda por el hueco del tronco.
—¡Ven pronto! —exclamó Dulkancellin
—. Apúrate para que veas esto.
Cucub tomó su propio manto y el del
guerrero. Después salió.
—¿De qué se trata? —volvió a preguntar.
Mientras lo hacía, echó el abrigo sobre los
hombros del husihuilke.
Dulkancellin señaló hacia el lado del mar.
Contra la negrura de la noche, unas líneas de
luz semejantes a fuegos delgados se movían
en dirección al norte.
—¡Lulus! —murmuró Dulkancellin—. Me
pregunto qué los obligó a dejar sus islas para
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viajar bajo la lluvia.
—Eso tiene fácil respuesta —dijo Cucub
—. También los lulus han sido convocados al
concilio. Y, probablemente, esos que estamos
viendo se dirijan hacia la Casa de las
Estrellas. Sin embargo, son muchos los que
se han movilizado y, hasta donde sé, no
deberían ser más que nosotros.
—Y sí que lo son —dijo Dulkancellin.
—Observa que casi todos tienen colas
rojizas.
—Eso significa que son jóvenes, y aptos
para la guerra.
Mientras Dulkancellin y Cucub hablaban,
los lulus dejaron de verse. Era seguro que
habían vuelto a adentrarse en el bosque
cerrado.
—Volvamos a casa —sugirió el zitzahay,
refiriéndose al agujero del tronco—. Allí
vamos a poder pensar mejor.
Así lo hicieron. Y pasaron gran parte de la
noche buscando explicaciones a lo que
habían visto. Cerca del amanecer, y sin haber
hallado una respuesta provechosa, se
durmieron. Despertaron entumecidos,
incómodos en sus ropas impregnadas de
humedad. Pensando, todavía, en la aparición
de la noche anterior. Afuera del hueco encontraron
lo de cada madrugada: frío y lluvia. Y
sin comer bocado, porque las reservas
escaseaban, retomaron la marcha.
En los días siguientes, volvieron a ver a
los lulus. Siempre después del atardecer, y
siempre avanzando hacia el norte.
Un grupo de lulus, casi un centenar de
ellos, había abandonado las islas y tomado el
camino del oeste que bordeaba en la mayor
parte de su recorrido las costas del Lalafke.
Aquel número resultaba significativo para el
reducido pueblo de los lulus. Si cien lulus
jóvenes abandonaban su isla para emprender
un viaje por el continente que mal y poco
conocían, los tiempos eran extraños.
Hombres y lulus siguieron avanzando por
caminos diferentes, aunque en la misma
dirección. Varios días pasaron sin que se
estableciera entre ellos ninguna clase de
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contacto. Algunas noches, Dulkancellin
despertó sobresaltado, creyendo escuchar los
soplidos con que se comunicaba el pueblo de
las islas. Pensó que era posible que estuvieran
vigilándolos, pero no pudo verlos de cerca
sino hasta cuando los lulus quisieron que así
fuera.
Ninguna otra cosa alteró la monotonía de
aquellos días de viaje. El límite norte de Los
Confínes estaba cerca. Y el clima comenzaba
a apaciguarse. Las lluvias cedían y, a veces,
cesaban por completo. El viento del mar, que
los había azotado sin respiro, también silbaba
cansado.
En una de esas noches sin lluvia los lulus
se presentaron. Dulkancellin y Cucub los
vieron acercarse, dos colas rojizas y una
blanca, y se prepararon para recibirlos.
El lulu anciano venía caminando unos
pasos atrás de sus jóvenes escoltas. Hombres
y lulus se observaron sin sorpresa.
El encuentro tuvo lugar en un claro donde
el guerrero había logrado encender una
fogata, y Cucub, mantenerla. Largas miradas,
un acuerdo mudo, y todos se dispusieron
alrededor del fuego. El lulu de cola blanca
habló en la Lengua Natural para que los
hombres pudieran entenderlo.
—Nos dirigimos, igual que ustedes, a la
ciudad de Be-leram. Y asistiremos al concilio
que se llevará a cabo en la Casa de las
Estrellas.
El husihuilke y el zitzahay comprendieron
que no tenía sentido negar lo que el lulu
parecía saber con plena certeza, y optaron por
mantenerse callados.
—Fui elegido en representación de mi
pueblo —continuó el lulu—. Y recibí órdenes
de viajar orillando el Lalafke hasta las
cercanías de Umag del Gran Manantial. Allí
me estará esperando un guía del pueblo de los
hombres para tutelar el resto de mi viaje.
—Pero tú viajas en compañía de muchos
— interrumpió Dulkancellin.
—Viajo en compañía de los más diestros
en la pelea. Sólo unos pocos de ellos han
permanecido en las islas, en protección de los
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débiles.
—¿Puedes explicarnos por qué no
cumpliste las órdenes recibidas, y por qué los
lulus movilizan su ejército? —pidió Cucub.
—Claro que lo haré. Esta visita no tiene
otro propósito.
Una estrella apareció en el cielo. Un
rasgón de luz que ninguno estaba viendo.
—No creemos que sea necesario mantener
en secreto el arribo de las naves extranjeras
—prosiguió el lulu—. Ni necesario, ni
aceptable para los habitantes de las Tierras
Fértiles. Por el contrario, aseguramos que
estos acontecimientos deben ser
proclamados, porque será un ejército de todos
el único capaz de enfrentar al enemigo que
llega —el lulu anciano se iba alterando a
medida que hablaba. Fruncía
involuntariamente su cara morruda, y
mezclaba soplidos a las palabras—. No
debemos darle plazo a esta ralea. Si los
dejamos desembarcar, estaremos perdidos.
La huella de sus pies en nuestra tierra y,
¡recuerden!, muchas generaciones cosecharán
ponzoña.
—Llamas enemigos a los extranjeros que
vendrán por el mar. ¿Cómo puedes estar
seguro de ello, cuando la Magia no puede
estarlo? —preguntó el zitzahay.
—¡Modera tu impertinencia!
El lulu enderezó el cuello. Los dos escoltas
lo miraron en espera de una orden, pero la
orden no llegó. Dulkancellin, que conocía
bien a los habitantes de las islas, se preparó
para defender al zitzahay. Cuando el lulu
anciano volvió a arrugar el cuello hasta
casi apoyar la cabeza sobre los hombros,
Dulkancellin apartó la mano del hacha que
llevaba colgada del cinto. Después de un
momento, y en un tono menos hostil, el
lulu continuó hablando:
—Mi pueblo posee, de antigua herencia, la
Piedra Alba. Vino desde los abismos del mar,
y estuvo en las islas mucho antes de que
nosotros las habitáramos. Pero la Piedra Alba
nos fue dada en custodia; y con ella, recibimos
la profecía. "Cuando la Piedra cambie su
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color, y de blanca se torne oscura, será
porque termina la potestad de la Vida sobre
la Muerte. Será porque comienza un reinado
de dolor..."
El guerrero husihuilke asintió, conocedor
de la existencia de la Piedra Alba por la
palabra de sus mayores.
El lulu buscó algo entre la barba larga y
lacia que le colgaba del borde inferior de la
boca. Las manos de los lulus, valiosas en la
carrera, eran de dedos cortos y poco hábiles.
De modo que al anciano le costó un notable
esfuerzo sacar la bolsita de cuero que llevaba
atada. Y mucho más, sacar de allí dentro la
Piedra Alba para enseñársela a los hombres
en la palma callosa. La Piedra tenía forma
perfectamente cilíndrica, y era de color
blanco traslúcido. Sin embargo, en su
interior, se veía una mancha oscura de
contorno irregular.
—¡Aquí la tienen! —dijo el lulu—. Esta
Piedra fue, desde siempre, de un blanco
inmaculado, sin una tocadura de sombra. El
pasado verano comenzó a aparecer, muy
dentro de ella, un punto de oscuridad. Tan
minúsculo que muchos prefirieron no verlo.
Ahora es el inicio del invierno, y ya nadie
puedo hacer de cuenta que la mancha no
existe. ¡La Piedra se oscurece!, ¡la profecía se
cumple! Como ves, zitzahay, la magia de los
lulus también está hablando. Y lo hace sin
vacilaciones.
—Pero los Astrónomos... —iba a replicar
Cucub.
—Los Astrónomos se retardan debatiendo
sus confusiones —interrumpió el lulu,
secamente—. Nosotros, en cambio, no
tenemos dudas. Vamos al concilio llevando la
Piedra Alba como testimonio. Confiamos en
que esto sea suficiente para que los pueblos
de las Tierras Fértiles comprendan que ya
empezó la guerra. Y sobre todo, para que la
Magia tome sus armas sin demora. De lo
contrario, la derrota será nuestro merecido
destino.
—¿Qué decisión tomarán los lulus si no
consiguen el apoyo del concilio? —
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preguntó Dulkancellin.
El lulu sacudió la cola de luz blanca, antes
de responder:
—Entonces pelearemos y moriremos
solos. Estén seguros de que el enemigo no
encontrará a los lulus trenzando flores en su
honor.
—Llegado el caso —dijo Cucub—, y si
desconocen la decisión del concilio, ustedes
serán considerados traidores.
Algo pasó por la cabeza del lulu. Algo
que, por supuesto, no iba a decir en voz alta.
—Mientras tanto, seguiremos viaje hacia
el norte. Y sólo haremos alto en el desierto
para hablar con los Pastores —fue su
respuesta.
—¡Recuerda que no es el tiempo de
divulgar estos hechos! —advirtió Cucub.
—¡Recuerda que no pensamos igual que
tú!
Con un marcado envión de la cadera, el
lulu se irguió. Volvió la Piedra Alba al sitio
de donde la había sacado. Giró, y se marchó
sin despedirse. Los otros dos lulus lo
siguieron, a poca distancia.
Dulkancellin y Cucub volvieron a
quedarse solos. Callados, cada uno con sus
pensamientos, esperaron a que la fogata
terminara de extinguirse. Al cabo de un rato
de inmovilidad, el zitzahay se recostó con las
manos debajo de la nuca.
—¡Mira, Dulkancellin! —dijo
enderezándose, y señalando el cielo.
El pequeño hombre miraba las estrellas,
unas pocas estrellas entre los árboles.
—Podemos dormir en paz, hermano.
Mañana, el sol
nos despertará.
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GRUPO DE RIVEROL
Oacal
Siete días completos duraron las celebraciones del Oacal. Las procesionescruzaban Beleram hasta la explanada de laCasa de las Estrellas. Músicos yofrendadores, bailarines y malabaristas.Hombres que sostenían cañas del ancho dela avenida atiborradas de tórtolas, palomas,papagayos, búhos y cernícalos que confrecuencia abandonaban la caña para ir aposarse en los hombros o la cabeza de susportadores. Y cuando las procesionesllegaban a la Casa de las Estrellas, losSupremos Astrónomos salían a celebrar laceremonia con ropas de oro.Pero ya todo eso había terminado y elpueblo de Beleram se reunía en el mercadopara su mejor parte. La bebida del oacalpasaba sin parar de las tinajas grandes a laspequeñas. Se atragantaban los hombres, seles corría el agua dulce por las comisuras.Había puestos que vendían ciruelascubiertas con miel, puestos donde seapilaban panes y tortillas. En los braserosse mantenían calientes las carnes de avecocidas con cardos y puerros, y el guiso depescado.Y era comer hasta hartarse. Y beberhasta que les llegaba primero la risa, ydespués los tumbos y el sueño del oacal.Aquel año, la celebración fue exasperada.Amaneciendo, podían verse cientos quedormían donde ya no pudieron mantenerseen pie. Los braseros se apagaron. Y en elfondo de las vasijas, se enfriaron los guisossin jugo.Un poco más tarde los puesterosdespertaron. Era hora de limpiar losdesperdicios en los alrededores de su fuegoy preparar comidas para el día quecomenzaba. Kupuka, entusiasta bebedor deoacal, había acabado durmiendo a la273intemperie entre otros muchos roncadores.El Brujo se despertó con los trajines de lalimpieza y los nuevos buenos olores. Ycuando decidía quedarse, tirado de cara alsol, hasta que se le aligeraran las molestiasde la borrachera, recordó el casamiento deKuy-Kuyen y se marchó apurado.Mucho más apurado que él, sin oacal ysin boda, Hoh-Quiú abandonó Beleram.—He permanecido demasiado tiempolejos de mi país —dijo el príncipe—. Y alláseguirán zumbando los enemigos de todoslos días. ¡Qué insignificantes parecen allado del que enfrentamos! Y sin embargo,habrá que regresar a ocuparse de sus pobresintrigas.Molitzmós había aprendido a sacarleprovecho a esos desplantes que Hoh-Quiúrepetía a menudo. Gracias a ellos seconvencía de la justicia de su odio. Y elpríncipe no los escatimaba. Más bien losrecrudecía ante la presencia de Molitzmós,sin saber que echaba alimento a las razonesde su enemigo."Extrañas criaturas son los hombres",pensaba Zabralkán escuchando a Hoh-Quiú. "Aunque el cauce grande losamenace de naufragio, ellos parecenentristecer un poco cuando la vida vuelve asu cauce ordinario".Molitzmós esperó a que el príncipeterminara. Luego se acercó a él y solicitópermiso para permanecer algunos días másen Beleram. Se excusó con la boda deCucub, al que llamó su hermano, y con lapersistencia de un malestar que ledificultaría el viaje.—Puedes hacerlo —dijo el príncipe—.Pero elige un animal veloz, y alcánzanosantes de las Colinas del Límite.Cargados con obsequios, provisiones enabundancia, y varios de los mejoresanimales con cabellera para que semultiplicaran del otro lado de las Colinas,los Señores del Sol fueron los primerosextranjeros que abandonaron Beleram.Desposar a Kuy-Kuyen era una buena274razón para cantar. Así que Cucub estuvodándole vueltas a su canción durante toda lamañana. "Crucé al otro miedo..." El iniciono era apropiado para la ocasión. "Pedípermiso al río..." Eso sí estaba bien, porquele recordaba la ceremonia en la que debiópedir el consentimiento de Thungür para laboda.Más temprano, Kuy-Kuyen le habíapreguntado cuándo tendría ella su propiacanción.—Ya serás suficientemente zitzahaycomo para encontrarla —había respondidoCucub—. Y es posible que para entoncesyo sea tan husihuilke que haya olvidado lamía."Crucé al otro lejos..." Cucub seguíacantando mientras esperaba la hora precisa.Cantaba y repasaba su aspecto. Al baño enel río, le había agregado ese día una largapermanencia cerca de un fuego encendidocon ramas del copal aromático. Se ahumóél, y ahumó su ropa antes de colocársela.Cucub desechó algunas prendas, demasiadogastadas. Pero agregó otras tantas. Elresultado fue el mismo desorden de texturasy colores superpuestos. Y sobre su atuendode boda, todo lo que siempre acostumbrabacargar: cintos, dardos, su flauta y sucerbatana, puntas de piedra, plumas ysemillas. —Canta el amor —dijoMolitzmós a sus espaldas. Cucub seenojó de sólo oírlo y no tuvo ganas dedisimular:—Y el desamor se esconde paraescuchar.El Señor del Sol se rió a carcajadas.—Me quedo acompañando tu boda, ¡Ymira cómo metratas! —dijo Molitzmós—. Te busqué paraobsequiarteel cuchillo que tanto bien hizo en la batallade las Colinas.Cucub no extendía la mano.—Acéptalo —insistió Molitzmós—. Nopuedes desairar un regalo de boda sin teneruna razón de importancia. ¿La tienes,275acaso?Cucub no respondió, pero aceptó elcuchillo con una inclinación de cabeza.—He oído que partirás con loshusihuilkes —dijo Molitzmós.—Así es. Me iré con Kuy-Kuyen. Ycuidaré de la familia de Dulkancellin talcomo se lo prometí.—¡Qué bien! —Molitzmós sonrió pordentro y por fuera—. ¿Entonces Thungürperderá el mando de la casa?—Thungür y otros cuantos se quedaránaquí, en Beleram. Hace falta quienestransformen a los zitzahay en buenosguerreros.La conversación no tenía cómoprolongarse.—Te saludo —dijo Molitzmós, yéndose.Pero dio media vuelta: Una cosa más. Undía llegaré a Los Confines y golpearé lapuerta de tu casa.Cucub reconoció la amenaza, maldisfrazada de cortesía.—Es posible que cuando llegues Cucubtenga ya muchos hijos que salgan arecibirte.La boda tuvo sus manjares, su música ysus vasijas desbordadas de oacal. En elcentro de una rueda, Cucub danzaba. Yhablaba y hablaba, aunque su lengua no sedejaba manejar con facilidad:—Mi Kuy-Kuyen es bella como la lunadel verano como nadie jamás ha visto ymírenla de brazaletes que ella misma tejiócon flores para que ustedes coman y bebanpor Cucub que me llevaré esta mujer a LosConfines... y diga alguien si ha visto otratan bella y que me digan qué endulza másla noche de un hombre si Kuy-Kuyen o elagua de oacal. Beban conmigo porque soyCucub y feliz y estoy vaciando este jarropor mi hermano guerrero que yo sé que estáaquí. Bailo... baila. Mastica baila y dime simi Kuy-Kuyen no es bella como la luna ysírveme agüita de oacal. Baila Kupuka ybebe conmigo que nosotros dos sabemosque él está aquí mirando el desposorio y276será que la muerte le dio el permiso. Mira atu hija Dulkancellin y bebe por ella... Venque te sirvo agua de oacal ¿Qué dicesKupuka? Si puede llorar también puedebeber y ya que has venido a nuestra bodaDulkancellin te vuelvo a prometer por todatu sangre... Dime hermano ¿hay mujer tanbella como tu Kuy-Kuyen? Y bebe bebebebe... que mientras estemos bebiendotendrás buena excusa para quedarte connosotros.Cucub terminó su danza por el suelo y sequedó dormido de oacal hasta el amanecer.Sin duda, algunos lo habrían trasladadodesde el patio de la Casa de las Estrellashasta su hamaca en la selva, porque allídespertó. Solamente su esposa estaba conél, y comía ciruelas. Kuy-Kuyen lo viodespertar y le ofreció un puñado. Crujió unpoco la piel de la fruta cuando Cucubmordió. Se le escurrió la dulzura entre losdedos.La Estirpe había quedado transformadaen un pueblo sin ancianos. A pesar de esose dispuso que también ellos regresaran asus aldeas y a sus costumbres del mar. Aellos les correspondía sostener la herenciade los bóreos en la hechura de barcas y enla pericia para navegarías. La Estirperecibió en custodia las costas del Yentru ysus mareas. Pero eran muy jóvenes. Estabandeseosos de excederse en el cumplimientode las órdenes. "Para disputarle el mar aMisáianes hará falta algo más quenavegaciones costeras". Sus ancianos sehabían conformado con construir barcasque recorrían la costa comerciando entreBeleram y las aldeas de la ComarcaAislada. Ahora, ellos soñaban con llegarhasta el sitio en el que se unían el Yentru yel Lalafke. "Llegaremos navegando a LosConfines," "Llegaremos por mar a la casa deCucub".Nakín de los Búhos había terminado deregresar al Tiempo Mágico. Zabralkán laasistió, con medicinas y palabras, en todo loque duró el doloroso trance de ir lan-277guideciendo por propia voluntad. Al díasiguiente de la boda, algunos la sintieronatravesar los corredores como si un vientoanduviera por la Casa de las Estrellas. Después,nadie supo más... Ya estaría Nakín delotro lado del tiempo, recuperando el color desus mejillas. Y para siempre, ensimismadaen su memoria.Molitzmós, en cambio, partió deimproviso. Únicamente se despidió deZabralkán. En cuanto a Bor... Pronto volveríaa verlo. Ellos habían conseguidohablar a solas en una oportunidad.Suficiente para hacerles comprender que senecesitaban y que, por el bien de ambos yde todos, debían mantenerse comunicados.Molitzmós se dio vuelta a mirar lasantorchas de nuevo encendidas en la Casade las Estrellas. Después galopó toda lanoche para alcanzar a los Señores del Solcerca de las Colinas del Límite.También los husihuilkes abandonabanBeleram. Tenían por delante toda unalejanía y un desierto que, además de susrigores naturales, guardaba la amenaza delos Pastores. Parecía poco probable que losPastores del Desierto intentaran atacarlos.Sin embargo, como regresaban muydisminuidos en número, los guerreros delsur se prepararon fuertemente para el viaje.Muchos de los que no volvían eranmuertos de la guerra, sepultados en tierrasde la Comarca Aislada. Pero también sequedaron en Beleram aquellos que habíansido asignados al adiestramiento de unejército zitzahay. Éstos se reunían ahorapara despedir a sus hermanos y enviarobsequios y adioses: "Dile a mi esposa quesiembre estas semillas", "Estas plumas sonpara mi madre", "Cuéntale a mis hijos quéhermosa es la ciudad de Beleram..."Los husihuilkes se llevaron consigoanimales con cabellera que, en pocotiempo, fueron centenares. El pueblo deLos Confines los amó con facilidad, losbautizó con nombres sonoros y los mantuvocerca de sus casas. Y al fin se278transformaron en parte del cuerpo de losguerreros, que jamás volvieron a pelear sinellos.Kuy-Kuyen montó a la grupa deEspíritu-del-Viento, agarrada muy fuerte ala ropa de Cucub. Thungür ya se habíadespedido del Brujo de la Tierra, y ahoracaminaba en dirección a ellos.—Si en la próxima fiesta del sol unamujer pregunta por mí, ofrécele estassemillas y dile que las siembre —dijoThungür, entregando a su hermana unapequeña bolsa de cuero—. Estas plumasson para Vieja Kush. De ustedes dos es latarea de contar a Wilkilén y a Piukemántodo lo que aquí ha ocurrido.Thungür, igual que Dulkancellin lohubiera hecho, igual que lo hubiera hechocualquier husihuilke, no desperdiciópalabras en decir lo que todos conocían.—Que el sol los acompañe en el caminoy se quede también con nosotros, porque élpuede hacerlo. Adiós.Así fue. Hoh-Quiú regresaba a su trono,y Kupuka a su cueva. El mercado deBeleram había recuperado sus variedades yNakín de los Búhos sus colores. La Estirpese empeñaba en sus barcas, cuando otros seempeñaban en una conjura. Zabralkánsentía una antigua tristeza, y los husihuilkesvolvían al sur. Era otro tiempo quecomenzaba...
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GRUPO DE REQUENA
¡Búscala, Ahijador, encuéntrala!
La jauría oscura, crecida con la carne y el alma del jorobado, se convirtió en el peor miedo de las aldeas del norte.Antes de las bestias, nadie en Los Confines había temido al bosque. Ahora las personas ya no se atrevían a meterse en la espesura. Los pescadores no dormitaban en sus balsas. Y todo aquel a quien la noche sorprendía a la intemperie sentía pisadas y jadeos. Muchos acababan corriendo desesperadamente, perseguidos de cerca por su propio espanto.Las bestias de Drimus odiaban como Drimus. Y no querían otra cosa que carne viva: corazones que latieran las últimas veces adentro de sus bocas, manos que intentaran aferrarse a las arrugas de sus paladares antes de despeñarse hacia el estómago.En algunas ocasiones, los animales negros fueron divisados en su avance hacia el sur. Los hombres que permanecían en Los Confines, demasiado viejos o demasiado jóvenes, organizaron partidas para emboscarlos y darles muerte. Pero la jauría actuaba con mayor astucia y velocidad de la que ellos imaginaban. En aquellos ataques, apenas algunas flechas alcanzaron su destino. Las restantes se malograron en la fronda del bosque. Sin embargo la defensa de los hombres no fue inútil, porque a partir de entonces la jauría evitó avanzar durante el día, y utilizar los caminos despejados. Los animales se movían durante las horas de penumbra, por senderos ocultos.Cuando los perros hallaban una criatura desprevenida saltaban fuera de la oscuridad con las fauces abiertas. Clavaban los colmillos, arrancaban, y regresaban al hueco del que habían salido con muñones colgando entre los dientes.Una noche de poca luna, el Ahijador los divisó con sus ojos de ver lo oscuro en lo oscuro. Los perros descendían en hilera por la pendiente de una loma. El Ahijador voló en círculos sobre ellos; y el Brujo Halcón, que estaba durmiendo, los vio girar en el fondo de su sueño. El Brujo se despertó estremecido."¡Nanahuatli!", pensó. Subió y bajó la cabeza, agitó los brazos. Quiso volar, quería volar. Y como no pudo, lanzó un graznido apasionado en la soledad de su nido:-¡Nanahuatli! -graznó-, ¡Nanahuatli!El Brujo sabía que la princesa podía estar caminando al encuentro de la jauría. Hacía varios soles que había abandonado el nido, y podía haber avanzado lo suficiente.Se levantó como si se impulsara con los codos. Caminó de ida y vuelta entre los dos árboles que demarcaban la Puerta de la Lechuza, sin dejar de sacudir su cuerpo. De pronto comenzó a restregar su espalda contra un tronco rugoso.-¡Nanahuatli! -pidió.Lastimándose sin pena, el Brujo se vengaba de sí mismo. No debió asustarla. Y menos hacerle daño con sus garras. Ni permitir que se marchara sola con la lluvia y la jauría cerca.-No realizará dos veces su proeza -el Brujo se dejó caer, arrastrando la espalda herida por la corteza-. Nanahuatli no podrá hacerlo.Pero entonces el Brujo pensó en sus ojos. Solamente ellos podrían ayudarlo.-Ahijador -dijo-. Nanahuatli va camino al norte. Y la jauría viene hacia el sur. ¡Ayúdame a buscarla!El Ahijador había cobijado con sus alas a esa mujer. Luego la había conducido por un rastro distinto al de los sideresios hasta dejarla a salvo en la Puerta de la Lechuza. Por eso, aunque el Brujo y el ave continuaban repudiándose y a menudo se encarnizaban tironeando hacia lados opuestos, el Ahijador aceptó realizar lo que el Brujo le pedía.-Hace varias jornadas que ha partido -dijo el Brujo-. Y debe haber andado de prisa intentando avanzar antes de la lluvia. Estará entre el Lago de las Mariposas y el Manzanero.Pero aun ese trecho del cielo era demasiado vasto. Y el bosque, abajo, demasiado tupido. Rastrear ese territorio para hallar a una criatura humana significaba cruzarlo innumerables veces. Volar y descender, detenerse para otear desde la cima de un árbol, retomar el vuelo... Era improbable que el Ahijador pudiera realizar esa búsqueda por sí solo. Juntos, el tiempo y el bosque, resultan inabarcables.El Ahijador entonces convocó a los halcones de las Maduinas. Durante días y durante noches el cielo cargado de Los Confines, desde el Lago de las Mariposas al Manzanero, se pobló de pájaros majestuosos que buscaban una princesa.Sin embargo, transcurrían las jornadas sin que la mujer apareciese. El vuelo de la bandada iba corriéndose hacia el norte.-No es posible que Nanahuatli haya recorrido tanta distancia -pensaba el Brujo Halcón.Y como el Ahijador pensaba igual que él, comenzó a buscar de regreso al sur. Cruzó el cielo de este a oeste dibujando franjas estrechas; ascendió y descendió. El Brujo y el Ahijador miraban con los mismos ojos y solían ver cosas diferentes:55-¡Aguarda! -gritaba el Brujo-. He visto algo.El Ahijador regresaba al sitio que le indicaban:-Es una colonia de tortugas grises que van a su refugio.Retornaba a su vuelo.-¿No viste como yo? -insistía el Brujo-. Vuelve al arroyo que acabas de cruzar; alguien andaba por la orilla.El Ahijador volvía al arroyo:-Es un puma bebiendo.La lluvia estaba cerca. En medio de un bosque azotado de viento y oscurecido por la cercanía de una tempestad, la túnica de una mujer era invisible.-La lluvia comienza -dijo el Ahijador-. Los halcones regresan a cuidar sus nidadas.-Un poco más-suplicó el Brujo.-Ya no es posible.Tal como habían llegado, los halcones desaparecieron entre las nubes macizas que cubrían el cielo de Los Confines.-También me marcho a las Maduinas -anunció el Ahijador.Pero el Brujo Halcón pidió de nuevo:-Ahijador, antes de marcharte ven a la Puerta de la Lechuza... Sus collares de pétalos deben estar colgados en las ramas y, quizás, alguna de sus túnicas. Deseo protegerlos para que la lluvia no los desarme y, sin tus ojos, no los hallaré a tiempo.El Ahijador tomó rumbo a la Puerta de la Lechuza. No estaba demasiado lejos. En menos de media jornada haría el recorrido. Y como la búsqueda había terminado, podía volar tan rápido como lo deseara.El Brujo Halcón esperaba acuclillado en su nido. Y aunque veía lo mismo que el Ahijador, vigilaba más. Cuando el Ahi-jador casi llegaba, el Brujo se sobresaltó y volvió a lo mismo:-¡Espera, Ahijador! Regresa hasta ese enorme sauce que acabas de dejar atrás. Algo había allí demasiado quieto para ser fronda.-Será una piedra.-Es por última vez que te lo pido.Giró en vuelo el Ahijador de Los Confines. Y allí donde el Brujo había visto quietud y él una piedra, estaba Nanahuatli doblada sobre sí misma.La princesa no se había alejado demasiado de la Puerta de la Lechuza. En verdad se había dejado caer muy cerca del sitio donde halló a los enamorados. Y allí se había quedado con frío y con hambre, muriéndose de orgullo. El Ahijador la miró desde el cielo. El Brujo la miró desde su nido. "Estúpida mujer", pensaron ambos. Y el Brujo sonrió como un hombre feliz.-Condúceme hasta ella.Pero esta vez el Ahijador tomó otra decisión.-Avanza apartándote de tu nido apenas hacia el oeste. La encontrarás pronto.-Si vuelas hasta allí, podré verla -respondió el Brujo.-No es una hembra emplumada, ¿para qué querrías verla? -y el Ahijador partió mirando el horizonte.Frente a los ojos del Brujo había ahora un cielo tormentoso. Las primeras gotas sonaron en el bosque.El Brujo Halcón avanzó en la dirección indicada, llamando a la princesa. Después de bastante andar oyó un quejido.-¡Nanahuatli! -el Brujo se detuvo a escuchar y llamó otra vez-- ¡Nanahuatli!En el retumbe de la tormenta, volvió a oírse la voz fatigada de la princesa.-¡Nanahuatli!El Brujo sabía que ya estaba muy cerca:-¡Nanahuatli!Entonces, un cuerpo aterido se aferró al suyo con desesperación, y no quiso apartarse. Las garras del Halcón se enredaron en el cabello de Nanahuatli cuando el Brujo intentó una caricia.La lluvia que se desmoronó sobre ellos ya no iba a detenerse hasta el final del invierno.-Vamos -dijo el Halcón-. Haremos fuego cerca del nido.Como se lo permitieron sus brazos tullidos, la ayudó a sostenerse en pie. Y la condujo a través del cielo.Nanahuatli habló con dificultad, y demasiado bajo.-¿Qué sucede? -le preguntó el Brujo.56-Thungür-decía la princesa.Y siguió diciendo: "Thungür, ¿dónde estás?"
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GRUPO DE MICHEL
Así ocurrió en las Tierras Antiguas…
Misáianes, el hijo de la Muerte, no se comprende sin el tiempo. Tiene un largo antes y un largo después; es tanto resultado como origen, tanto fin como inicio.Para contar acerca de Misáianes y su guerra, es necesario hablar de su cuna: la boca de su madre, el monte, el continente de las Tierras Antiguas y las criaturas que, por entonces, lo habitaban.En las Tierras Antiguas nació la magia. Junto a ella, crecieron exuberantes el conocimiento y la alegría.Los magos de entonces acopiaron saber. Y lo heredaron, cada vez más potente, de maestro a discípulo.Las nuberas, mujeres del bosque renombradas por su disposición para el amor, estuvieron cerca; siempre atentas al llamado de los magos que, a veces, requerían consejeras y, otras veces, amadas.Los primeros reyes de las Tierras Antiguas gobernaron con generosidad. La gente de los valles dormía con buen can-sancio. La gente de las colinas bailaba en ronda.Pero algunas cosas se sustentan a costa de lo mismo que les ha dado vida.Así, la magia acabó creyendo que el conocimiento era su obra y no su deuda. Se alejó de las criaturas para sentarse en un cielo remoto, desde el cual se proclamó primera en las virtudes. Elegida para regir sobre los simples.Sin embargo hubo magos que se opusieron y se diferenciaron. "La única gloria es preguntar acertadamente", dijeron. "Si nos apropiamos de la creación, dejaremos de comprenderla."Aquellas controversias se transformaron en una enemistad irremediable que acabó separando a la magia, mitad por mitad. La mitad que se llamó a sí misma Cofradía del Recinto permaneció en las Tierras Antiguas. La que se llamó a sí misma Cofradía del Aire Libre se marchó por un largo camino. Iban a refundar la magia en otro continente.Las nuberas contemplaron con tristeza esta desunión. Se adentraron en el bosque porque no podían comprender. Y la ausencia fue larga. Pero, finalmente, todas regresaron. Caminaron hacia los magos del Recinto y permanecieron junto a ellos sin imaginar que, un día, los verían inclinados ante el Odio Eterno.Y continuó el tiempo en las Tierras Antiguas.Fuerte en el pensamiento y hábil en las manos, aquel continente tuvo ruedas y aspas. Fundió metales y concibió el modo de andar por el mar.Los reyes se enfrentaron y se sucedieron, igual que los veranos y los inviernos. Pero, por sobre todos, estaba la Cofradía del Recinto con sus Órdenes de grandes maestros y sus ojos puestos en las estrellas.Mientras esto ocurría, la Muerte se miraba las manos, las palmas sin líneas. "No engendrarás", le había sido ordenado.-Engendraré desde mí misma. Seré madre también -decidió un día.Luego buscó un monte olvidado. Buscó una cueva oculta en la cima. Allí se sentó y comenzó a amasar un brote de saliva. Lo incubó en su boca hasta que lo sintió latir. Lo despegó de su paladar y continuó dándole calor entre las manos.Saliva de la Muerte, espesa, cuajada. Grumo de saliva que fue emplumando. Era su hijo, y lo llamó Misáianes.El hijo creció sin abandonar el monte. Crecieron sus brazos, sus dedos, sus uñas. La ferocidad del Increado era tan grande como su paciencia; y su paciencia tan esmerada como su astucia.Hablando parecido a la verdad, Misáianes se erigió en Amo. Y todos los que se rindieron ante él, perdieron el alma.Misáianes convocó a sus parientes. Los magos del Recinto tardaron en acudir. Pero cuando, por fin, marcharon hacia el monte, los caminos, detrás de sus pasos, desaparecieron.El pueblo de las Tierras Antiguas fue sometido a la esclavitud. Y separado en manchas según los trabajos que realizaban. Despojados del nombre, se transformaron en carne que obraba.Y sin embargo, hubo otros que no se sometieron.Las nuberas del bosque irguieron las cabezas, las cabelleras alertas, los cuerpos aguzados frente a Misáianes.Entonces, el amo las señaló para la muerte. Ellas corrieron al Recinto, donde nadie escuchó los aldabones contra las puertas, donde ningún ventanal se abrió para escucharlas. Clamaron por ayuda y las murallas de piedra cerraron los ojos. Maldijeron, increparon, y las torres alzaron vuelo.Si había, en el Recinto, algunos deseosos de ayudarlas, no pudieron hacerlo ese día.Abandonadas por los magos, las nuberas fueron perseguidas, y cazadas como ardillas en el bosque de Goenia. Los soldados de Misáianes las encontraron dentro de los nidos, metidas en los hormigueros, enroscadas alrededor de las ramas más altas de los árboles. Cuando lograron reunirlas, las arrastraron hasta la orilla del mar. Allí, luego de amarrarlas a81gruesos maderos, las pusieron a arder de cara al mar. Sólo unas pocas lograron ocultarse y permanecer a salvo.Aquellas mujeres, que habían sobrevivido a la primera cadena del Amo, supieron que la resistencia se extendía más allá del bosque.La resistencia, supieron las nuberas, se disimulaba en una Orden de magos que permaneció en el Recinto con el propósito de llegar al monte y escucharlo de cerca. La resistencia se hacía fuerte en la raza de los bóreos, navegantes de gloria cuyos reinos florecieron en los archipiélagos del noroeste y en la Gran Península. Los bóreos, capaces de avistar antes que nadie el tiempo funesto de Misáianes, enviaron naves a las Tierras Fértiles.Cruzaron el Yentru llevando la noticia de uno que había nacido para aniquilar el tiempo de la Vida. Y sus palabras quedaron asentadas en códices escritos sobre láminas de cortezas plegadas que se protegieron en estuches labrados, que se guardaron en cofres de piedra, que se ocultaron en cámaras reservadas...No sólo noticias llevaron los bóreos. También viajó con ellos parte de su descendencia para permanecer a resguardo en las Tierra Fértiles, lejos de la guerra que se avecinaba."A nosotros, los que habitamos en las Tierras Antiguas, nos corresponde dar las primeras batallas contra Misáianes. Así debe ser, porque Misáianes nació y creció en un monte de nuestro continente. Y es allí donde concentra sus fuerzas. Pe-learemos hasta la última gota de sangre de la última buena Criatura; pero, quizás, no sea suficiente. Por ahora, este lado del mundo está a salvo. Nosotros y el mar somos el escudo. ¡Preserven este lugar y esta vida! ¡Protéjanse, y protejan a los hijos que dejaremos entre ustedes! En ellos depositamos la esperanza de permanecer, aunque caigan las Tierras Antiguas..."Luego, aquellos navegantes regresaron a pelear una guerra distinta a todas.Algunos clanes soberanos se sumaron a ellos. Se trataba de pueblos que habían vivido apartados de los grandes reinos y que, quizás por eso mismo, no dudaron entre Misáianes y la libertad. Juntos sostuvieron la resistencia en el mar. Juntos, fueron conocidos como los navegantes de cabello rojo.Y transcurrieron generaciones arrasadas...Misáianes siguió creciendo. Los sideresios hacían retemblar la tierra. Así, al cabo de muchos años, la resistencia parecía muerta.Las nuberas se perdieron en el bosque. Los magos rebeldes apenas podían moverse porque Misáianes estaba atento, todo lo miraba.Los navegantes de cabello rojo quedaron acorralados en las costas del Golfo de Sigia y en el Archipiélago de Las Cuatro Madres. En aquellas regiones, gracias al conocimiento del mar y a las prodigiosas dotes para la navegación, continuaron respirando y soñando con los días que esperaban después de la sangre y la derrota. Pero eso era nada, casi nada. Pececitos con minúsculos aguijones jugando entre los dedos del Odio Eterno.Y pasaron generaciones silenciosas...Misáianes y sus parientes, seguros ya de su dominio sobre las Tierras Antiguas, pusieron sus ojos en la otra orilla. El sueño del hijo de la Muerte abarcaba el mundo, de modo que las Tierras Fértiles se transformaron en el nuevo horizonte.Una flota comenzó a prepararse para cruzar el Yentru.Leogrós se llamaba el hombre que fue elegido como comandante. Drimus, el mago que hablaba la lengua del Designio, viajaría como emisario del Amo.Los rebeldes de las Tierras Antiguas no desaprovecharon esa distracción. Mientras Misáianes desviaba sus ojos hacia una guerra lejana, ellos afianzarían su propia guerra. Ésa era la causa por la cual los navegantes de cabello rojo, Zorás y Foitetés estaban reunidos en un lugar de la costa.Zorás, el mago de los ojos azules, representaba por entonces a la Orden de maestros que había jurado sostener el verdade-ro legado del Recinto contra el poder de Misáianes. Foitetés era su único discípulo.-Es imprescindible aprovechar este tiempo -decía Zorás a los capitanes rebeldes.Todos ellos sabían que nada iba a ser posible sin el levantamiento del pueblo de las manchas. Pero aquellos hombres y mujeres que se llamaban como su oficio estaban perdidos en la oscuridad de la desmemoria. Para traerlos de regreso sería necesario un largo trabajo de amor y redención. Alguien que les devolviera la luz de las Virtudes Primordiales: el co-nocimiento de las causas, el don de recordar, la poesía, y la honra de llevar un nombre.-Hallaré el vientre apropiado y en él engendraré a los dos elegidos -anunció Zorás.Luego, el mago de los ojos azules observó desde lejos el Paso de las mujeres de las manchas hasta que encontró a la que buscaba. Era una escardadora que se diferenciaba de las demás por su andar erguido. Detrás del vapor oscuro que82cubre cualquier cuerpo sin nombre, el mago pudo adivinar una noble belleza. La madre de los elegidos ya estaba señalada.Zorás aguardó a que llegaran los guardianes conduciendo hombres a la mancha de las escardadoras. Cubierto con un manto sucio y ayudado por la penumbra, se confundió entre ellos. Después buscó a la escardadora, le apartó el cabello de la cara.-Ellos nacerán para la resistencia. ¡Bautízalos, escardadora! -le dijo. Y se marchó.Cuando sus hijos nacieron, la escardadora les marcó la carne. Lo hizo sin entender por qué. Tomó un hierro candente y marcó Vara a la mujer y Aro al varón.-¡Han nacido! -anunció Zorás a su discípulo.—¿Crees que, tal como se lo pediste, la escardadora les dará un nombre? -preguntó Foitetés.-Sé que va a hacerlo -dijo Zorás-. No tengas dudas... Pero recuerda que esa primera marca no se diferencia de la que, en otros tiempos, nuestros campesinos les hacían a sus animales. La marca que en verdad importa será realizada a su debido tiempo.Foitetés sabía que su maestro se refería al día en que los gemelos cumplieran doce años y estuvieran listos para comenzar el camino de la iniciación.-Cuando cumplan doce años iremos a buscarlos, Foitetés -continuó diciendo el mago-. Ese será el día definitivo, cuando la marca del hierro en la carne se transforme en signo de orgullo en sus espíritus.-Doce años... -murmuró Foitetés-. Y luego la iniciación para que puedan comenzar su trabajo en las manchas. ¿Sabes, maestro, cuántos se perderán en ese tiempo?-Lo sé -respondió Zorás-. Pero muchos más se perderán si no actuamos con cautela y paciencia.Eso ocurría cuando la primera flota de Misáianes, con Leogrós al mando, arribaba a las Tierras Fértiles.El tiempo, que permanece porque transcurre, siguió dando sus pasos. Un año, dos años...Y un día, aciago para los parientes del Amo, Leogrós regresó en busca de su castigo.Leogrós anunció que las razas oscuras de las Tierras Fértiles los habían derrotado. Dijo Dulkancellin, dijo Kume. Habló de un Brujo anciano que había llegado al campo de batalla arreando animales. Por fin, hizo saber que Drimus se había quedado allí, junto a sus perros.Zorás celebró estas noticias junto a los navegantes rebeldes.Lubabáh, uno de los capitanes más jóvenes, reía sin mesura. Siempre lo hacía de ese modo. Lubabáh era un hombre tan corpulento como ninguno; un navegante audaz que andaba de aquí para allá como si todo fuera mar. Y el mar fuera dócil como la risa.-Iré al bosque de Goenia. Las nuberas deben conocer las novedades -dijo.-¿Será que quieres avisarle a Mármara, especialmente? -le preguntó uno de sus compañeros.Lubabáh, que estaba bebiendo vino, alzó la jarra:-¿Será que quieres avisarle tú?Del otro lado de la alegría de los capitanes rebeldes comenzaba el tormento para Leogrós.El capitán encontró el castigo que buscaba; suplicios que pocos hombres hubiesen sido capaces de soportar durante tanto tiempo. Por cinco años, Leogrós fue obligado a repetir su derrota, palabra por palabra. Misáianes lo escuchó en silencio.Esos años fueron provechosos para la resistencia. Cinco años en los que Vara continuó creciendo en la mancha de las hilanderas, donde había sido llevada cuando la separaron de la escardadora. Cinco años para que Aro creciera en la mancha de los cuidadores de cerdos.Cinco años pasaron en las dos orillas del Yentru hasta que, al fin, Misáianes decidió enviar una nueva flota a las Tierras Fértiles.La capitana de esas naves era de roca eterna. Misáianes enviaba a su propia madre, dispuesto a doblegar el alma de aquel continente:"Desperté, y mi flota había fracasado en la otra mitad del mundo. Leogrós fue vencido en las armas. Y Drimus se quedó entre los perros. Acepto que el Doctrinador consiguió cumplir, en algo, con el mandato que llevaba. Pero lo que consiguió no es bastante. Regresaré al sitio que llaman Tierras Fértiles multiplicado en ejército, en naves y en armas. Pero eso tampoco será bastante sin alguien que perfeccione la obra que Drimus ha comenzado. Esa serás tú, mi madre. Sólo en tí confío para que acompañes a nuestro jorobado en lo que es más importante. Nunca impondré mí Orden sobre aquel territorio, ni sobre aquellas criaturas, si antes no se socavan sus raíces. Si el dolor no les viene de adentro, conseguiremos tener muertos pero no esclavos. Si no les ensuciamos la sangre, no habrá para nosotros una victoria perpetua."83Cuando la segunda flota de Misáianes zarpaba hacia las Tierras Fértiles, un joven navegante y una nubera espiaban ocultos tras una roca cercana al mar.-¡Ve el mascarón de proa! -musitaba Mármara- ¡Es ella...!, ¡es ella!-Silencio, nubera -pidió Lubabáh.Mármara y Lubabáh se tomaron de la mano y permanecieron callados e inmóviles. Los asustaba la cercanía de la Muerte. Y no podían creer que ella no los estuviese olfateando. Pero si lo hacía, ¿por qué no los señalaba con el dedo extendido? De todos modos, nada podían hacer más que quedarse muy quietos.Al fin, las naves se alejaron. La madre de Misáianes iba al frente, como mascarón de proa de la nave madrina.-Desdichadas Tierra Fértiles -dijo Lubabáh.-Desdichadas Tierras Antiguas -respondió Mármara.Luego, como sucede en medio de la guerra, se amaron con desolación.Más tarde Lubabáh regresó a las costas a reunirse con la capitanía rebelde. Mármara regresó al bosque de Goenia donde la esperaban sus compañeras.Y el tiempo, que es una serpiente interminable, prolongó su rastro...Los navegantes rebeldes consiguieron, con un alto costo, dificultar y menoscabar los refuerzos que los parientes enviaban a las Tierras Fértiles. Averiaban algunas naves, se apropiaban de otras. Pero lo que conseguían estaba lejos de ser suficiente.Tan exigua era la ganancia de la resistencia en las Tierras Antiguas que, en la Casa de las Estrellas y frente a Bor, la ma-dre del Amo se refirió a ella con palabras burlonas y despectivas. Bor le repitió esas palabras a Zabralkán. Y Zabralkán tomó una decisión afortunada para los dos continentes. Los hijos que los antiguos bóreos habían dejado allí debían regresar con sus hermanos:"Nuestro primer camino. La Estirpe por el mar y rumbo a las Tierras Antiguas... ¡Que naveguen con fortuna! Confiemos en que el Yentru nos será favorable. El joven pueblo de la Estirpe hallará a sus hermanos rebeldes y con su llegada fortalecerá, en muchos modos, la resistencia contra Misáianes en las cercanías de su nido", había dicho Zabralkán.Y así ocurrió...La llegada de la Estirpe, el joven pueblo que navegó por mandato de Zabralkán hacia la tierra de su mayores, fortaleció la resistencia como la luna fortalece al cielo de la noche.La madrugada del arribo cientos de antorchas en hilera se encendieron y se apagaron a lo largo de la costa señalando el sitio seguro para el desembarco.Los navegantes de cabello rojo, advertidos por las mujeres peces, aguardaban con impaciencia la llegada de sus hermanos.De nuevo, Mármara y Lubabáh espiaban detrás de una roca. Pero en esta ocasión no se trataba de la partida de una flota enemiga sino de la llegada de un sueño.No bien las naves estuvieron suficientemente cerca, Lubabáh desorbitó los ojos.-¡Mira, nubera! Mira qué bellas son, mira qué rápido navegan -Lubabáh alzaba el tono de su voz-. ¡Míralas, Mármara! Se parecen a las naves de nuestras leyendas, ésas que ya no sabemos construir.Entonces el navegante perdió el cuidado y, agitando los brazos, corrió hacia la orilla:-¡Miren esas naves! -Lubabáh lo decía para todos, para el cielo, para su propio corazón sorprendido-. Vean cómo se mueven... Casi no se distinguen de las gaviotas.-¡Regresa aquí! -gritó Mármara-. Parece que las amaras más que a mí...Lubabáh le respondió desde lejos, riendo a su modo:-¡Claro que las amo más que a ti, Mármara! Mucho más que a ti.Desde entonces, todo cambió en el mar.Las naves que la Estirpe había aprendido a construir, rescatándolas de los viejos relatos que sus padres les habían dejado en herencia, eran ágiles y livianas. Y poseían aparejos que les permitían navegar a gran velocidad y maniobrar con eficacia.Aquellos navíos legendarios, más el minucioso conocimiento que los navegantes de cabello rojo tenían de vientos y corrientes, de puertos escondidos y de costas mortales, multiplicó el poder de la flota rebelde.A partir de ese día los barcos de Misáianes debieron enfrentarse a emboscadas y acechos de naves que surgían de la niebla y los rodeaban como aves marítimas. Naves que parecían dueñas del viento: llegaban, disparaban con precisión sus cañones y escapan hacia sitios impensables para los grandes barcos.84La llegada de la Estirpe sumó cinco hombres a los seis que ya componían la capitanía rebelde.Once capitanes; cada uno de los cuales tenía a su mando una flota con la que controlaba una zona marítima y costera.En las Tierras Antiguas, los parientes estaban inquietos.Tanto como el fortalecimiento de la rebelión en el mar, los atemorizaba el silencio que llegaba desde la otra orilla. ¿Qué pasaba con Drimus? La victoria, que creían segura, demoraba. ¿Y la Sombra, madre del Amo? ¿Por qué también ella hacía silencio?Zorás tampoco conocía las respuestas a estas preguntas. Nadie en las Tierras Antiguas las conocía.-Se acerca el día -le dijo el mago a su discípulo-. Vara y Aro están prontos a cumplir doce años. Ya ves que el tiempo ha pasado y ha sido bueno en el mar...-Ahora debemos hacerlo bueno en la tierra -respondió Foitetés-. ¿Cuándo iremos en busca de tus hijos?Foitetés sabía que a su maestro no le gustaba llamarlos de ese modo. Pero Foitetés era un discípulo obstinado.-Pronto -dijo Zorás-. Antes, quizás, de lo previsto si es que confirmo algunos temores.-¿Puedo saber a qué le temes? -preguntó Foitetés.-Temo a los juegos de los días largos...Nadie en las Tierras Antiguas sabía aún que, del otro lado del mar, los pastores habían dado vuelta la guerra. Y que el ejército del Venado controlaba la mitad del continente. Nadie sabía que Kupuka acababa de vencer en duelo al jorobado. Mucho menos, que la Sombra conversaba con una niña de trenzas negras en una isla blanca.-Está cerca el día de ungir a los elegidos -dijo Zorás-. Y creo que la Sombra, esté donde esté, escuchará sus nombres.Éstas y otras cosas sucedieron en las Tierras Antiguas... Pero algunas merecen ser contadas con mayor detenimiento.
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