El Cantar de Roldan

XX
-Caballeros francos -dice el emperador Carlos-, elegidme a un barón de mis dominios que pueda llevar a Marsil mi mensaje.
Roldán exclama:
-Que sea Ganelón, mi padrastro.
Dicen los franceses:
-Por cierto que es el hombre indicado; no podríais enviar a ninguno más sensato.
Y el conde Ganelón se siente penetrado por la angustia. Retira de su cuello las amplias pieles de marta, descubriendo su brial de seda. Sus ojos son veros, su rostro altivo; noble es su cuerpo y su pecho amplio: tan hermoso se muestra que todos sus pares lo contemplan. Ganelón se encara con Roldán:
-¡Insensato! ¿Cuál es el motivo de tu frenesí? Todos aquí saben que soy tu padrastro, y sin embargo, me has señalado para ir al encuentro de Marsil. ¡Si Dios permite que regrese de esta empresa, te causaré males que durarán hasta el fin de tus días!
-Son ésas palabras dictadas por el orgullo y la demencia -replica Roldán-. Bien saben todos que no me cuido de amenazas; mas para hacerse cargo de un mensaje se necesita tener juicio. Si lo desea el rey, estoy dispuesto: iré en vuestro lugar.
XXI
-¡No harás tal! -responde Ganelón-. Ni eres tú vasallo mío, ni soy yo tu señor. Carlos me ordena que cumpla su servicio: iré, pues, a Zaragoza, donde está Marsil; mas antes de haberse apaciguado en mí la gran cólera que me invade, habré hecho una de las mías.
Al escuchar tales palabras, Roldán comienza a reír.
XXII
Al advertir Ganelón la burla de Roldán, lo invade tal despecho que está a punto de estallar de rabia; poco le falta para perder el juicio.
-Mal os quiero, a vos que habéis hecho recaer sobre mí esta elección injusta -le dice el conde-. Buen emperador, heme dispuesto; quiero llevar a cabo vuestra orden.
XXIII
-¡Iré a Zaragoza! Es necesario, bien lo sé. Quien pone allí los pies, no ha de regresar. Recordad, por sobre todas las cosas, que vuestra hermana es mi esposa. Me ha dado un hijo, el más hermoso que existe. Su nombre es Balduino -añade-, ha de ser un hombre valeroso. A él dejo en herencia mis tierras y mis feudos. Tomadlo bajo vuestra protección, pues nunca volverán a contemplarlo mis ojos.
-Muy tierno tenéis el corazón -contesta Carlos-. Fuerza os es partir, puesto que así lo ordeno.
XXIV
Dice el rey:
-Acercaos, Ganelón, y recibid el guante y el bastón. Bien lo habéis oído: la elección de los francos ha recaído sobre vos.
-Señor -replica Ganelón-, ¡todo fue por causa de Roldán! Toda mi vida le guardaré rencor, y también a Oliveros, por ser su amigo. En cuanto a los doce pares, que tanto lo quieren, aquí mismo los desafío, señor, ante vuestros ojos.
-Sois demasiado iracundo -observa el rey-. Verdad es que iréis, puesto que es mi mandato.
-Tal haré, mas sin ninguna garantía, como les sucedió a Basilio y a su hermano Basan.
XXV
El emperador le entrega el guante, aquel que lleva en la mano derecha. Mas el conde Ganelón hubiera deseado hallarse a muchas leguas. Cuando se decide a tomarlo, el guante cae a tierra. Los franceses dicen:
-¡Dios! ¿Qué augurio es ése? Grandes males habrá de acarrearnos esta empresa.
-Caballeros -dice Ganelón-, ¡ya tendréis noticias de ello!
XXVI
-Señor -prosigue Ganelón-, dadme vuestra venia para partir. Ya que debo marchar, nada ha de retardarme. Y responde el rey:
-¡Id en nombre de Jesús y con mi venia!
Lo absuelve con su mano diestra y traza sobre él el signo de la cruz. Luego le entrega el bastón y la misiva.
XXVII
El conde Ganelón se dirige hacia su campamento. Adorna su persona con los mejores aderezos que puede hallar. En sus pies, coloca espuelas de oro y ciñe a su costado su espada Murglés. Monta sobre Techebrún, su corcel, cuyo estribo le sostiene su tío Guinemer. Entonces hubierais visto llorar a muchos caballeros, que se lamentaban:
-¡Lástima grande de vuestro valor! Largo tiempo pertenecisteis a la corte del rey, donde se os tenía por noble vasallo. Ni siquiera Carlos podrá proteger ni salvar al que os señaló para esta misión. No, el conde Roldán no tendría que haber pensado en vos: vuestra estirpe es demasiado ilustre.
Y luego añaden:
-¡Señor, llevadnos con vos!
-¡No lo permita Dios, nuestro Señor! Más vale que yo solo muera, para que vivan tantos buenos caballeros. A Francia, la dulce, habréis de regresar, señores. Saludad a mi esposa de mi parte, a Pinabel, par y amigo mío y a mi hijo Balduino... Brindadle vuestra ayuda y reconocedlo como vuestro señor -responde Ganelón. Y emprende el camino.
XXVIII
Cabalga Ganelón bajo los altos olivares, hasta dar alcance a los mensajeros sarracenos. Y he aquí que Blancandrín demora largo tiempo a su lado: ambos conversan con gran astucia. Blancandrín exclama:
-¡Qué hombre tan maravilloso es Carlos! Conquistó Apulia y toda Calabria; ha cruzado el mar salado, obteniendo para San Pedro el tributo de Inglaterra. ¿Qué más ha de encontrar aquí, en nuestro país?
-Tal es su gusto -responde Ganelón-. Jamás alcanzará hombre alguno su valía.
XLIV
-Buen caballero Ganelón, ¿de qué medio puedo valerme para que Roldán perezca?
-Os lo voy a decir -responde Ganelón-. Partirá el rey hacia los mejores puertos de Cize; dejará su retaguardia a sus espaldas. Con ella quedará el poderoso conde Roldán y Oliveros, en quien tanto confía éste, al mando de veinte mil franceses. Enviadle cien mil de los vuestros para darles la primera batalla. Las huestes de Francia hallarán gran quebranto, aunque también habrán de sufrir los vuestros, no lo niego. Mas entablad luego la segunda batalla: ya sea en la una o en la otra, no habrá de salvarse Roldán. Habréis llevado a cabo, entonces, una gran proeza y nunca en vuestra vida volveréis a tener guerra.
XLV
-Aquel que logre la muerte de Roldán, habrá privado a Carlos del brazo derecho de su cuerpo. Sonará la hora de los magníficos ejércitos. No reunirá ya Carlos tan numerosas mesnadas. ¡Hallará el reposo la Tierra de los Padres!
Al oír Marsil estas palabras, besa a Ganelón en el cuello; luego ordena que le traigan sus tesoros.
XLVI
-Los consejos se van en humo -dice Marsil-. Juradme que traicionaréis a Roldán.
-¡Sea, según vuestro deseo! -responde Ganelón. Sobre las reliquias de su espada Murglés, jura la traición; y su acción es vil.
XLVII
Había ahí un asiento, todo de marfil. El rey hace traer un libro: en él está escrita la ley de Mahoma y de Tervagán. Y el sarraceno de España jura que si encuentra a Roldán en la retaguardia, habrá de combatirlo con toda su gente, y que si de él depende, el conde hallará la muerte en esa acción.
-¡Así se cumplan vuestros deseos! -responde Ganelón.
LVI
Huye el día, la noche se ha hecho oscura. Carlos, el poderoso emperador, reposa. Ha tenido un sueño: hallábase en los más grandes puertos de Cize; sostenían sus manos su lanza de fresno. El conde Ganelón se la arrebataba y tan violentamente la blandía que hasta el cielo volaban las astillas.
Carlos duerme; no se ha despertado.
LVII
Después de esta visión, lo asedia otra. Sueña que está en Francia, en Aquisgrán, su capilla. Una bestia cruel le muerde el brazo derecho. Del lado de las Ardenas, ve llegar un leopardo, que con gran osadía se arroja sobre su cuerpo. Del fondo de la sala surge un lebrel que corre hacia Carlos, galopando y brincando; de una dentellada, parte al primer animal la oreja derecha y entabla feroz combate con el leopardo. Y los franceses dicen: "¡Qué terrible batalla!" ¿Quién de los dos vencerá? Nadie lo sabe.
Carlos duerme, no se ha despertado.
LVIII
Pasa la noche íntegra, el alba despunta clara. El emperador cabalga gallardamente entre las filas del ejercito.
-Señores barones -dice el emperador Carlos-, he aquí los puertos y los estrechos desfiladeros: elegidme el hombre que deba quedar a retaguardia.
-Ha de ser Roldán, mi hijastro -responde Ganelón-, no hay barón que le iguale en fiereza.
Óyelo el rey y lo mira duramente. Luego le dice:
-Sois un demonio. Un odio mortal posee vuestro cuerpo. ¿Quién, entonces, habrá de mandar mi vanguardia?
-Ogier de Dinamarca -responde Ganelón-; no tenéis barón que mejor que él pueda hacerlo.
LIX
El conde Roldán ha oído pronunciar su nombre. Habla entonces como cumplido caballero:
-Señor padrastro; buenos motivos tengo para estimaros: me habéis elegido para mandar la retaguardia. Carlos, el rey que es dueño de Francia, no habrá de perder palafrén ni corcel, mulo ni mula para cabalgar, ni tampoco caballo de silla ni de carga que no haya sido defendido con la espada.
-Bien sé que decís verdad -responde Ganelón.
LX
Cuando Roldán oye que habrá de mandar la retaguardia, se encara, airado, con su padrastro:
-¡Ah, truhán! ¡Mal hombre, de vil estirpe! ¿Habías creído que yo dejaría caer a tierra el guante, como hiciste tú con el bastón, ante Carlos?
LXI
-Noble emperador -dice el barón Roldán-, dadme el arco que lleváis en el puño. Nadie me reprochará, creo, haberlo dejado caer, como hizo Ganelón con el bastón que recibió en su mano diestra.
El emperador mantiene la cabeza gacha. Alisa su barba y retuerce su mostacho. Y no puede contener el llanto.
LXII
Acércase entonces Naimón: no hay mejor vasallo en toda la corte.
-Ya lo habéis oído -le dice al rey-, la cólera invade al conde Roldán. Ya ha sido señalado para mandar la retaguardia, ninguno de vuestros barones puede cambiar la elección. ¡Entregadle el arco que habéis tendido y hallad quien pueda valerle!
El rey le da el arco y Roldán lo recibe.
LXIII
Dice el emperador a su sobrino Roldán:
-Buen caballero, sobrino mío, os ofrezco la mitad de mis mesnadas. Bien lo sabéis. Conservadlas con vos, serán vuestra salvación.
-Nada de eso haré -responde el conde-. ¡Dios me confunda, si desmiento mi estirpe! Quedarán conmigo veinte mil animosos franceses. Cruzad vos los puertos con toda tranquilidad. Haríais mal en temer a nadie, estando vivo yo.
LXIV
El conde Roldán ha montado su corcel. Hacia él se dirige su compañero, Oliveros. Llegan luego Garin y el esforzado conde Gerer, y Otón y Berenguer, e igualmente Astor y el gallardo Anseís. Y también se le acercan Gerardo de Rosellón, el viejo, y el opulento duque Gaiferos.
-¡Por mi testa -exclama el arzobispo- que he de acompañaros!
-¡Y yo iré con vos! -dice el conde Gualterio-; soy leal a Roldán, y no he de faltarle.
Y todos ellos eligen los veinte mil caballeros que habrán de acompañarlos.
LXV
El conde Roldán llama a Gualterio de Ulmo y le dice:
-Tomad mil franceses, de Francia, nuestra tierra, y ocupad las cumbres y los desfiladeros, para que el emperador no pierda a uno solo de los hombres que lo acompañan.
-Así he de hacerlo, por vos -responde Gualterio.
Con mil franceses de Francia, que es su patria, Gualterio sale de las filas y alcanza los desfiladeros y las alturas. Ninguno descenderá, para conocer las más penosas nuevas, antes de que se hayan desenvainado innumerables espadas. Ese mismo día, entablaron una dura batalla con el rey Almaris, del país de Balferna.
LXVI
Altos son los montes y tenebrosas las quebradas, sombrías las rocas, siniestras las gargantas. Los franceses las cruzan ese mismo día, con grandes fatigas. Desde quince leguas de distancia, se oye el ruido de la marcha de las tropas. Cuando llegan a la Tierra de los Padres y avistan Gascuña, dominio de su señor, hacen memoria de sus feudos, de las jóvenes de su patria y de sus nobles esposas. Ni uno de ellos deja de verter lágrimas de enternecimiento. Más aún que los otros, se siente pleno de angustia Carlos: ha dejado en los puertos de España a su sobrino. Lo invade el pesar y no puede contener el llanto.
LXVII
Han quedado en España los doce pares; y con ellos veinte mil franceses que no conocen el miedo ni temen a la muerte. El emperador retorna a Francia; esconde su angustia bajo su manto. A su lado cabalga el duque Naimón, quien le dice:
-¿Qué puede causaros tan grande cuita?
Responde Carlos:
-Quien me hace tal pregunta, me ofende. Tan grande es mi dolor que no puedo ocultarlo. Ganelón habrá de destruir a Francia. Esta noche un ángel me otorgó esta visión: Ganelón rompía mi lanza entre mis manos, y he aquí que ha elegido a mi sobrino para mandar la retaguardia. Lo he dejado en tierra extraña. ¡Dios!, si lo pierdo, nunca hallaré quien pueda reemplazarlo.
LXVIII
Llora Carlomagno, no puede contenerse.
Cien mil franceses se entristecen por él y temen por Roldán, invadidos por extraña angustia. Ganelón, el villano, lo ha traicionado: ha recibido del rey sarraceno grandes regalos, oro y plata, ciclatones y paños de seda, mulos y corceles, y camellos y leones. Marsil ha mandado por toda España a barones, condes, vizcondes, duques y emires, almocadenes e hijos de caudillos. Reúne en tres días cuatrocientos mil guerreros y por toda Zaragoza resuenan sus tambores. En la torre más alta se coloca a Mahoma y todos los infieles lo adoran y le rezan. Luego, a marchas forzadas, cabalgan todos a través de la Cerdaña; cruzan los valles, pasan los montes: al fin columbran los gonfalones de las gentes de Francia. La retaguardia de los doce compañeros no dejará de aceptar la batalla.
LXIX
El sobrino de Marsil, tocando con un palo el mulo que monta, se adelanta y le dice a su tío con semblante risueño:
-Buen rey y señor mío, ¡os he servido por espacio de largos años! ¡Y por todo salario, recibí penas y quebrantos! ¡Peleé en tantas batallas y tantas gané! Dadme un feudo: la honra de llevar contra Roldán el primer ataque. Perecerá por mi afilada pica. Si me asiste Mahoma, habré de libertar todas las comarcas de España, desde los puertos hasta Durestante. Desfallecerá Carlos, los franceses se rendirán y en vuestra vida no volveréis a tener guerra.
El rey Marsil le entrega, pues, el guante.
LXX
El sobrino de Marsil alza el guante en el puño y se dirige a su tío con altivas palabras:
-Buen rey y señor mío: me habéis hecho gran don. Elegidme ahora doce de vuestros barones, que con ellos habré de combatir a los doce pares.
Falsarón, hermano del rey Marsil, es el primero en responder:
-Sobrino, buen caballero, iremos, pues, vos y yo y por cierto que daremos batalla a la retaguardia del gran ejército de Carlos. ¡Está escrito: perecerán por nuestras manos!
LXXI
Por otro lado llega el rey Corsablín. Es oriundo de Berbería y conocedor de las artes maléficas. Habla como cumplido barón: ni por todo el oro de Dios consentiría en cometer una villanía.
Se acerca también al galope Malprimís de Brigantia: son tan ligeros sus pies que aventajaría a un corcel a la carrera. Con voz sonora, grita ante Marsil:
-Estaré presente en Roncesvalles. Si allí encuentro a Roldán, bien sabré derrotarlo.
LXXII
Un noble de Balaguer se halla entre ellos. Su cuerpo se muestra lleno de gallardía y su rostro es abierto y esforzado. Una vez montado en su corcel y cubierto con su armadura, tiene muy buena estampa. Su valor le ha granjeado gran fama: ¡qué noble barón, si cristiano fuera!
Ante Marsil, exclama:
-He de ir a Roncesvalles, a jugar mi vida. Si encuentro a Roldán, bien muerto está, y muerto también Oliveros y los doce pares, y muertos todos los franceses, para su gran duelo y afrenta. Carlos el grande es ya un anciano y chochea; desfallecerá y abandonará la guerra. España quedará en nuestro poder, libertada.
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